Derrotar la Cultura del Pobrismo.
- Luka Martinini.

- 19 jul 2021
- 6 min de lectura
Reflexiones sobre la matriz política y cultural que imposibilita romper con la pobreza estructural.

En términos conceptuales, podemos definir al pobrismo como una matriz de pensamiento y accionar. Como una cultura social y de poder que particularmente en la Argentina se ha venido consolidando en las últimas décadas. Desde el razonamiento del pobrismo, la pobreza no es solo la carencia material de una persona sino que representa una categoría moral en sí misma.
La pobreza de esta forma sería entonces una cuestión social y moral a reivindicar. El pobre es una persona buena, honesta y humilde la cual ha sido despojada de una buena vida por los malditos “ricos”, que en su propia condición material de ricos pasan a ser también una categoría moral, pero en este caso de rasgos negativos. Se ve al rico como una persona mala, individualista, egoísta y ajena al sufrimiento de las “mayorías populares”. El rico tiene en exceso lo que al pobre le falta, y por tanto este es culpable de las carencias del pueblo.
Esta visión se corrobora a la perfección en la histórica frase pronunciada por el líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chavez: "¡Ser rico es malo, es inhumano, así lo digo y condeno a los ricos!”
La línea argumental de la visión pobrista se basa fundamentalmente en la identificación del amigo y el enemigo. De los buenos contra los malos. Del pueblo contra los antipueblo. La construcción de los lineamientos que caracterizan al Pobrismo se nutren principalmente de la generación discursiva de conflictos sociales basados en el odio y el resentimiento de clase, como si esto fuese algo natural e intrínseco de la propia humanidad.
Aca es cuando aparecen las famosas “soluciones mágicas”. Partiendo de la base argumentativa de que los pobres tienen poco debido a que los ricos tienen mucho, como si la economía fuese un juego de suma cero, los voceros del pobrismo recurren a vagas soluciones que movilizan más la emoción que el pensamiento racional. De esta forma, se llega a la conclusión de que para solucionar la falta de recursos de los sectores pobres, hay que necesariamente extraer y extirpar los recursos y los bienes de los ricos para repartirlos al “verdadero pueblo”. Obviamente, en esta lógica, el que tiene el monopolio moral para decidir a dedo quien es pueblo y quien no, es el político que hilvana el discurso pobrista.
El pobrismo también incluye lógicamente una construcción semántica propia. En esta reivindicación a veces inocente de la pobreza, se incurren en modificaciones lingüísticas que pretenden de alguna forma “subirle el precio” a la carencia de recursos. Es así como pasamos a llamar “barrios populares” a las villas miseria o “recuperadores urbanos” a los cartoneros. La romanización de la pobreza se instala como un nuevo sentido común imperante en la sociedad.
El problema radica en que detrás de esta línea de pensamiento se esconden muy inteligentemente las bases para la instalación y profundización de un modelo político corporativista, autoritario, demagogo y antidemocrático. La evidencia empírica demuestra como ciertos gobernantes, bajo los postulados de “la defensa de los humildes”, no hacen más que generar matrices de pobreza estructural con el único objetivo de someter a grandes sectores de la población a la miseria sistemática, las dádivas estatales y la dependencia del gobierno para poder sobrevivir. De esta manera los sectores de menores recursos quedan estancados en la pobreza y siendo víctimas de un sistema depredador cuyo objetivo no es que el pobre deje de serlo, sino que esté presionado y obligado a apoyar al régimen político que lo sostiene. La muestra empírica de la clásica frase que predica que “el gobierno te corta las piernas, te entrega muletas y te convence de que de no ser por él no podrías caminar”.
Las características principales que están presentes en los estados que llevan adelante el pobrismo autoritario son las de un estado ineficiente y mal direccionado, con una casta gobernante que se dedica a los negocios propios y a atornillarse en el poder, en impuestos abusivos y servicios decadentes que impide la generación de actividad económica privada. Un estado que pone cada vez más dinero en planes sociales y que al mismo tiempo genera que haya cada vez más pobreza.
No es necesario hacer un gran análisis para comprender que una población independiente, educada y estable financieramente es lo que menos quiere un gobernante autoritario. El gobernante autoritario necesita tener una población dependiente, sometida, ignorante y desesperanzada. Una población dócil y conformista, sin expectativas ni ambiciones, solo esperando la mano milagrosa de la dádiva estatal. Solo así puede imponer su poder. Porque su poder radica justamente en la dependencia material de la población hacia él.
CASO EMBLEMÁTICO: FORMOSA:
La provincia de Formosa es un claro y contundente ejemplo de lo que expresa el pobrismo llevado al extremo. Es una provincia en la cual el sistema político está totalmente dominado por el gobernador Gildo Insfran, que se mantiene en el poder desde hace nada menos que 26 años de forma ininterrumpida. En esas tierras no existe prácticamente ningún medio de comunicación opositor, la oposición política está totalmente atomizada, el poder judicial está cooptado por el poder político y no existe ningún organismo de control independiente.
La base de sustentación del eterno gobierno casi feudal que rige en Formosa es justamente lo que anteriormente se detalla como “la matriz de poder del pobrismo”. Formosa ostenta los índices de pobreza y desnutrición más altos del país. Lo mismo ocurre con los índices de acceso a servicios básicos, de calidad educativa y del sistema de salud. Más del 70% de la población formoseña depende del estado para poder sobrevivir, la economía privada es muy reducida y se concentra principalmente en abastecer a la gran masa de empleados públicos. La relación entre empleo público y privado en esta provincia es de 220 a 100.
Esta matriz estructural de pobreza administrada y gerenciada por dádivas estatales le ha permitido al gobierno de GIldo Insfran perpetuarse eternamente en el poder y consolidar una política hegemónica capaz de imponerse por abrumadora mayoría en los comicios. Claro está que un sector muy importante de la población, al momento de votar, se ve obligada a priorizar su situación económica personal y familiar (enlazada directamente al gobierno) que en pensamientos y reflexiones propias.
DERROTAR LA CULTURA DEL POBRISMO:
En la Argentina actualmente existen millones de personas que dependen de un plan social para poder sobrevivir. Está claro que estas personas no viven así porque quieren o porque lo prefieran, sino porque son víctimas de un sistema político que los somete y los condena a la dependencia. Los planes sociales son un límite a la libertad individual de las personas, destruyen la cultura del trabajo y del ascenso social, les quita la dignidad de tener un trabajo como sustento y los condena a la dependencia y el sometimiento.
Es necesario y urgente terminar lo antes posible con esta nefasta matriz de poder y corrupción que representan los masivos planes sociales. Es un cambio que requiere de un esfuerzo fenomenal de la política y la sociedad para reinstalar la cultura del trabajo, generar empleo genuino y progresivamente cambiar los planes por trabajo formal. Esto no solo mejorará profundamente los indicadores sociales de nuestro país, sino que además, y principalmente, le dará un nuevo horizonte a las estructuras familiares y a nuestros jóvenes, que son los que más sufren la falta de empleo y la destrucción de expectativas.
La política debe generar los consensos necesarios para llevar adelante un proceso de reformulación y construcción de un estado que esté en condiciones de garantizar servicios esenciales de calidad, principalmente en materia de educación y salud, al mismo tiempo que se desarmen los gastos innecesarios y no prioritarios, para poder reducir el gasto público, la presión fiscal y volver a iniciar la rueda de la economía privada y la generación de puestos de trabajo en blanco.
Sin reformas estructurales de fondo, Argentina no tendrá ningún futuro viable. Estaremos condenados al sometimiento y la dependencia de un estado elefantiásico incapaz de resolver problemas básicos y gobernados por un sistema autocrático y antidemocrático que no respeta las libertades y derechos fundamentales del ciudadano.
Argentina tiene hoy a 7 de cada 10 menores de edad viviendo por debajo de la línea de pobreza. Esta situación proyectada a 20 años nos da un escenario aún más catastrófico que el actual.
Necesitamos cambios profundos que le devuelvan a la Argentina una esperanza de futuro.
Es una batalla complicada y larga que hay que dar urgentemente y a toda costa. Es un dilema en el que no puede haber grises.
Esto es Pobrismo vs Libertad.
Por Luka Martinini para Grupo Sarmiento.


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