¿Es posible terminar con la inflación?
- Luka Martinini.

- 22 may 2022
- 6 min de lectura
Actualizado: 26 may 2022
¿Qué podemos aprender de las experiencias de otros países?

La inflación volvió a ser noticia por lo preocupante de la cifra. 6% fue el aumento del IPC en Abril, que se suma al 6,7% registrado en Marzo y contabiliza un 58% interanual, marcando así el nuevo lamentable récord de los últimos 30 años. La última vez que habíamos tenido semejantes niveles de inflación fue durante la hiperinflación de finales de los ‘80.
Ante esta dramática situación surgen frecuentemente algunas dudas con respecto al origen y la solución al problema de la inflación que en este texto intentaremos saldar de la forma más sencilla posible.
¿Qué es la inflación?
Podemos definir a la inflación como el aumento sostenido y generalizado de los precios de los bienes y servicios de una economía. Cuando hay inflación, todos los precios expresados en unidades monetarias suben, es decir que el valor de la moneda y su poder adquisitivo se deprecia. De esta forma, la inflación golpea en mayor proporción a los que menos poder adquisitivo tienen, ya que su capacidad de ahorro es baja o nula y sus gastos se concentran principalmente en el consumo cotidiano de bienes de primera necesidad.
La inflación es un fenómeno monetario que se produce cuando se desequilibra la relación entre oferta y demanda de dinero. Esto puede suceder debido al constante aumento de la oferta (emisión) o también por una sostenida caída de la demanda (perdida de confianza).
¿Por qué en Argentina es un problema sistemático?
En Argentina la inflación es un factor cotidiano de nuestras vidas. A partir de la nacionalización del Banco Central a mediados de la década de los 40 convivimos con altos niveles inflacionarios que (a excepción del período de convertibilidad 1991/2001) ningún Gobierno, ya sea democratico o militar, ha podido resolver en forma sostenida.
Según diversos economistas, el problema de la inflación en Argentina tiene como origen el manejo irresponsable de las cuentas públicas. Durante décadas, e incluso en la actualidad, el Estado argentino gastó sistemáticamente más de lo que podía, rompiendo la restricción presupuestaria y generando déficit fiscal. A su vez, ese déficit fiscal (diferencia entre gastos e ingresos) fue financiado mediante la emisión inorgánica de moneda.
Esta constante expansión de la base monetaria como consecuencia de los desequilibrios del gasto del Estado condujo a nuestro país a una desvalorización impresionante de la moneda, a la cual ya sometimos a 5 cambios de signo monetario y a la quita de ni más ni menos que de 13 ceros.
Falta de soluciones estructurales.
Históricamente, los Gobiernos argentinos han intentado aplicar diversos paliativos y parches con el objetivo de aminorar los efectos de la inflación. La clásica receta fallida de los controles de precios, los subsidios, los cepos y el anclaje cambiario. La evidencia empírica demuestra cómo inexorablemente este tipo de estrategias fracasa en su objetivo, y solo provocan el agravamiento de la inflación en el largo plazo.
Esta es la rotunda demostración de que, ante problemas estructurales como la inflación, ninguna solución de coyuntura sirve para corregir el problema real. De tal forma, para terminar con la inflación es necesario atacar no las consecuencias de la misma sino la causa elemental, es decir el desequilibrio presupuestario del Estado, financiado con emisión.
El problema radica fundamentalmente en que, para solucionar el déficit fiscal (génesis de la inflación) son necesarios una serie de correcciones y ajustes macroeconómicos con consecuencias recesivas de corto plazo (recortes de gastos, reducción de subsidios, aumentos de tarifas, devaluaciones etc) y casi nadie está dispuesto a pagar el costo político inicial de cortar la inercia inflacionaria para, en el largo plazo, lograr la estabilidad económica.
¿Cómo hicieron otros países para terminar con la inflación?
Como vimos anteriormente, Argentina arrastra el problema de la inflación desde hace muchas décadas. Entonces vale la pena preguntarse cómo hicieron otros países para solucionar el mismo problema. Buscar respuestas en experiencias extranjeras puede ser un primer paso hacia la resolución doméstica de estas dudas.
El caso de Israel:
Durante la década de los ‘80, Israel tenía una inflación superior al 500% anual. Para combatir este dramático problema, el Gobierno aplicó en 1985 un programa de estabilización de shock que redujo fuertemente el déficit fiscal, prohibió al Estado financiar sus gastos con emisión monetaria, introdujo estrictos topes salariales y devaluó inicialmente un 25% su moneda para luego congelar su cotización.
Los frutos del plan económico fueron inmediatos. La inflación, que en 1985 había sido del 500%, al año siguiente se redujo al 20% para posteriormente estabilizarse en torno al 1% anual.
El caso de Ecuador:
En 1999 Ecuador atravesó la peor crisis de su historia. La inflación, que venía en ascenso desde 1995 como consecuencia de la constante expansión monetaria, terminó estallando hasta alcanzar el 95% anual. Este estallido inflacionario hundió al 75% de los ecuatorianos en la pobreza, y generó un colapso económico, político y social que puso en jaque las instituciones del país.
Ante esta situación de emergencia, el Gobierno de Jamil Mahuad tomó la difícil decisión de dolarizar la economía del Ecuador y dar por terminada la moneda nacional, el Sucre. A partir de esta medida, que fue acompañada por una devaluación inicial, drásticos ajustes del presupuesto público y una fuerte recesión transitoria, la inflación logró reducirse inmediatamente a menos del 3%.
Luego de los primeros años de transición, la economía del Ecuador volvió a despegar, y los resultados fueron extraordinariamente positivos: en 20 años el PBI se multiplicó por 6 (de 18 mil millones de dólares a 108 mil millones), la pobreza se redujo del 70% al 25% y actualmente es el país con menor tasa de inflación de américa latina.
El caso de México:
En 1987 México registró una inflación anual del 180%. Ante esto, el Gobierno de Carlos Salinas de Gortari dispuso la implementación del llamado PECE (Pacto para la Estabilidad y el Crecimiento Económico).
Este plan consistió en un acuerdo entre el Gobierno, los principales empresarios del país y las organizaciones sindicales. El Gobierno se comprometió a no aumentar los precios de tarifas de servicios públicos e impuestos. Los empresarios, por su parte, pusieron en marcha un congelamiento de los precios de sus productos y los sindicatos prometieron no exigir aumentos salariales.
Este acuerdo fue acompañado por un fuerte ajuste de shock en el sector público. El Gobierno, mediante fuertes recortes de gastos, logró rápidamente llegar al superávit fiscal y dispuso la devaluación de la moneda a razón de un peso mexicano diario durante la primera etapa del plan económico.
El éxito del plan también fue inmediato. La inflación logró reducirse del 180% en 1989 al 20% en 1990 y, salvo por la crisis del efecto tequila en 1995 que llevó el índice excepcionalmente al 56% en ese año, la inflación logró posteriormente mantenerse entre el 3% y el 6% anual hasta la actualidad.
El caso de Chile:
A principios de los ‘90, Chile registraba una inflación superior al 30% anual. Pero en tan solo 4 años ese nivel logró reducirse al 12%, para luego estabilizarse en torno al 3% anual durante dos décadas.
Al igual que en los casos anteriormente expuestos, la estrategia para combatir la inflación fue la elaboración de un plan económico de estabilización basado en la independencia del Banco Central, la adopción de tasas de interés reales y el estricto control del presupuesto público con el objetivo de terminar con el financiamiento monetario del déficit fiscal.
Dolarización y Convertibilidad: ¿soluciones reales o espejitos de colores?
Cada vez que en Argentina la inflación asciende a niveles preocupantes, surgen muchos exponentes que plantean soluciones como la dolarización de la economía o la adopción de un sistema de convertibilidad con paridad fija peso/dólar.
Si bien ante la urgencia de la situación es probable que mucha gente se vea seducida por estas ideas, es necesario también preguntarse si estas soluciones son realmente viables y sostenibles en el tiempo.
En principió, tanto la dolarización de la economía como la convertibilidad funcionan como un anclaje monetario a una moneda extranjera que, a diferencia de la local, si tendría la confianza necesaria para mantener su valor en el tiempo. La reducción de la inflación en cualquiera de los dos casos sería inmediata, pero también tendrían consecuencias de largo plazo que necesariamente hay que tomar en cuenta y analizar en profundidad.
Durante la década de los ‘90 en Argentina, bajo el Gobierno de Carlos Menem, se aplicó el plan de convertibilidad para combatir la inflación. El objetivo fundamental del plan fue exitoso, porque logró terminar con la hiperinflación y darle a la economía argentina una década entera de estabilidad de precios. Sin embargo, como vimos anteriormente, las soluciones coyunturales por sí solas no alcanzan. Para terminar con la inflación a largo plazo hay que atacar el déficit fiscal.
En la administración menemista el déficit fiscal no solo no se redujo lo suficiente, sino que en la última etapa aumentó considerablemente. Ante la imposibilidad de financiarse con emisión monetaria, el Estado recurrió sistemáticamente al endeudamiento interno y externo, generando una serie de desequilibrios que terminaron estallando en los años 2001 y 2002, provocando la mayor crisis económica de nuestra historia.
Conclusión.
Como pudimos ver una y otra vez, la fuente de todos los males es el déficit fiscal. Con esto quiero decir que, si bien las soluciones estrictamente monetarias pueden servir para atacar el problema de la inflación, estas deben estar complementadas con soluciones profundas que ataquen el verdadero problema, que es el desequilibrio de las cuentas públicas.
Si queremos terminar con la inflación, debemos dejar de pretender aplicar soluciones coyunturales a problemas que son estructurales. Como vimos, el camino no es fácil ni placentero. Requiere de mucho esfuerzo y sostenimiento de políticas de equilibrio fiscal y monetario en el tiempo. Y justamente por eso es que debemos de dar el debate con la verdad de cara a la sociedad.
Para terminar con el modelo de la decadencia y la mediocridad que nos condena sistemáticamente a la pobreza, se necesitan decisiones fuertes y disruptivas, de cambios profundos que marquen un sendero claro de crecimiento y estabilidad.
Por Luka Martinini Jamniuk.




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