JAQUE MATE.
- Luka Martinini.

- 16 sept 2021
- 4 min de lectura
El Frente de Todos enfrenta una crisis terminal a cielo abierto que pone en peligro la estabilidad institucionalidad del país.

Solamente tuvieron que pasar tres días para que la catastrófica debacle electoral del Frente de Todos a lo largo y ancho del país se transforme en una crisis política de gravedad institucional como pocas veces ha visto la Argentina en su historia. Todas las tensiones que se fueron acumulando en este año y medio entre las distintas facciones que componen la coalición gobernante terminaron por estallar el pasado Miércoles al mediodía, cuando en forma coordinada y al unísono presentaron la renuncia a disposición del presidente todos los ministros y funcionarios que responden directamente a Cristina Kirchner.
Pero esto no ocurre de la nada. Hace mucho tiempo que la verdadera líder política indiscutida del gobierno viene exigiendo que rueden cabezas y presionando fuertemente sobre el gabinete. Pero luego de la estrepitosa derrota electoral, esas presiones encontraron su punto de mayor violencia, al menos hasta el momento. El abandono masivo de los soldados k funciona como un claro “ultimátum” al presidente para que de una vez por todas suelte las pocas manos que le quedan en sus filas: Cafiero, Guzman y Kulfas principalmente.
Lo que estamos viviendo en estas horas es una guerra interna a cielo abierto, cuya principal víctima es el pueblo argentino, y que definirá el futuro (o no) político del gobierno y sus integrantes. Ante este mar de infinitas incertidumbres solo existe una única certeza: el Presidente terminará aún más debilitado de lo que ya está, si es que logra resistir el sillón de Rivadavia, cosa que lamentablemente en estos momentos no se puede confirmar.
Argentina tiene un presidente cansado, agobiado, en mal estado de salud físico y mental, asediado por propios y extraños, inmiscuido en una guerra de poderes que no puede manejar y, como si esto fuera poco, con la responsabilidad de conducir un país que enfrenta una hecatombe económica, social, sanitaria y educativa como nunca en su historia, en parte por la pandemia, y en parte por la pésima gestión sobre ella. El peligro de una deriva institucional que desplace definitivamente al presidente no solo está latente, sino que ya es una realidad. Alberto Fernandez, lo quiera o no, es un presidente terminado. Lo que resta definir es si ese “terminado” es simbólico o literal.
Las opciones de Alberto son variadas pero escasas. Bien podría no aceptar las renuncias K, ceder los pocos espacios de poder que le quedan entregando las cabezas de sus fieles, dejando el 100% del gobierno en manos de CFK y cumpliendo el rol de un mero presidente testimonial. Otra opción sería mantener firme su posición de resistencia, convocar a gobernadores, sectores del Massismo y parte de la oposición para poder aguantar los dos años que le quedan, relegando al Kirchnerismo duro, perdiendo su base de sustentación electoral y resignandose a ser el presidente de transición hasta que asuma el próximo gobierno electo en el 2023. Inmolarse por el bien del país y la democracia.
Otra opción, quizás la peor en estos escenarios especulativos, sería abandonar el barco, ceder a todas las presiones que enfrenta y dejar el poder en manos del kirchnerismo duro los dos años restantes, descontando que la derrota en Noviembre será aún más arrolladora que la de las PASO. Este escenario sería por lejos el más indeseable para el conjunto de los argentinos. El ascenso del kirchnerismo más acérrimo, autoritario y vengativo sería una tragedia difícil de dimensionar. Una enorme mayoría de la población vería al gobierno como ilegal o por lo menos legítimo, más aún luego de la humillante hecatombe electoral sufrida en las legislativas. El gobierno iría desesperado hacia una absoluta radicalización, llevandose puesta consigo la democracia y el sistema y republicano. El único dique de contención sería el congreso y el poder judicial, cuya integridad institucional no estaría asegurada ante una presidenta dispuesta a barrer con todo en pos de asegurar su impunidad. Esta escalada autoritaria claramente iría acompañada de un populismo económico llevado al extremo y cuyas consecuencias prefiero dejar a libre interpretación del lector.
Pase lo que pase, en estos días ocurrió algo que es irreversible. Quedó en evidencia el fracaso rotundo de un experimento electoral que en su momento fue exitoso, pero que luego de dos años de catástrofes y constantes tensiones ha llegado a un punto de ebullición total. Aquella maquinaria electoral encontró su límite a la hora de gestionar un gobierno loteado y deficiente, que terminó llevando al peronismo a la peor derrota en las urnas de toda su historia. El Frente de Todos se desintegra violentamente al tiempo que hunde al país en una terrible crisis institucional. Es imposible saber las consecuencias que puede tener esto en una sociedad agobiada, enojada, empobrecida y llena de bronca contra una política que, hoy más claramente que nunca, está más preocupada por pelear espacios de poder que por solucionar los enormes problemas que aquejan a la sociedad.
Las urnas gritaron. Y Dios quiera que la situación no llegue al punto en que el pueblo haga tronar el escarmiento en las calles.
Argentina no resistirá un nuevo 2001. Estamos al borde de sobrepasar el punto de no retorno.




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