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Pensamiento político en Argentina.

  • Foto del escritor: Grupo Sarmiento.
    Grupo Sarmiento.
  • 2 feb 2022
  • 4 min de lectura

Por Gastón Emens y Nicolás Sturla.

Foto: Marcha Ciudadana Repúblicana del 7D. (7 de Diciembre de 2019).



JURISPRUDENCIA, PRECEDENTES Y ESPÍRITU:


Uno de los problemas más importantes del pensamiento político en Argentina,

consiste en que el mismo se encuentra exageradamente basado en la revisión de la jurisprudencia y los precedentes en el área en cuestión.


Si bien es indispensable reconocer a la jurisprudencia y las fuentes de información de orden secundario como herramientas, que permitan situarnos en contexto, y resultan fundamentales también para el ejercicio la construcción del pensamiento, es importante tener en cuenta y no dejar de lado el espíritu de las iniciativas, entendiéndose éste como el objetivo originario, motivado en el porqué hacemos política, el porqué tomamos medidas y por qué esas medidas en especificó que tomamos.


Esto implica, por ejemplo, que a la hora de tratar una ley, resultaría injusto que un impedimento para la aprobación de dicha sea, simplemente, la existencia de otra ley contrapuesta. Este, en tal caso, podría resultar ser uno de los argumentos para rechazar la iniciativa, aunque no el único. Debería, en cambio, hallarse aquel factor que contraindicada en espíritu su acompañamiento.


Por ende la jurisprudencia, el antecedente y los precedentes no pueden marcar por si solos el éxito o el fracaso una iniciativa, sino que debe ser una conjunción entre esto y el espíritu de la iniciativa lo que lo haga.


En el ámbito del compromiso social, la mera aceptación de la realidad que nos

rodea no es una opción. Es menester, en cambio, un compromiso activo con un

enfoque resolutivo.


ACCION vs. INDIGNACIÓN:


La participación política es nuestra herramienta para ser protagonistas de las

transformaciones que nuestra sociedad necesita, aportando nuestra experiencia, nuestro conocimiento, y nuestra visión ideológica.

Es fundamental, por ello, darle un enfoque asertivo, impulsado por las motivaciones y pautas apropiadas.


En nuestra coyuntura política, en torno a este tópico, es reconocible una práctica

frecuente, que no es otra cosa que un ejercicio autolesivo de la política: la

participación motivada en la indignación. Observamos comúnmente, en las redes, en las calles, en la televisión, en los discursos, y en cada ámbito donde se ejerce la participación o el ejercicio del pensamiento político, una sociedad que se encuentra a la defensiva, tristemente acostumbrada a la traición y el daño que históricamente le ha infligido el poder político.


Esto se traslada a un enfoque político donde la tendencia primaria consta en una absoluta desconfianza ante cualquier iniciativa o quien la presente. El ejercicio de la participación en estos ámbitos, se torna entonces, en una fijación a las amenazas que nos rondan día a día, práctica que nubla nuestra oportunidad más preciada: la de tomar las riendas de las soluciones.


Considerando dicha problemática, y comprendiendo a la política como la disciplina capaz de construir las soluciones concretas que los problemas de la ciudadanía requieren, podríamos aseverar entonces, que cuando la indignación se apodera de nuestra participación, la política muere en nosotros.


Haciendo un ejercicio autocrítico, reflexionando sobre nuestra historia en torno a

este dilema, podemos situar dos ejemplos claros: uno en el que la indignación y el temor se apoderaron de nosotros, y otro en el cual nuestro motor fue la acción

positiva, y fundamentalmente, nuestras convicciones en el año 2019, y ante la lógica amenaza que representaba un retroceso en materia de gestión de toda índole (existiendo la posibilidad, finalmente concreta, del regreso del kirchnerismo al poder), nuestro enfoque como sector socio-político se transformó en un atronador “no volvamos al pasado”.


Si bien es lógica esta manifestación , y quienes confeccionamos esta epístola acompañamos dicha expresión de deseo, lo cierto es que la misma, en lugar de enfocarse en aquello que SÍ deseábamos lograr como comunidad, hace referencia, en cambio, a aquello que deseábamos que NO sucediera.


Es entonces, una exclamación por la negativa. En el transcurso de los meses del año 2015, sin embargo, habíamos visto configurada en el discurso de este mismo sector de la sociedad, una expresión diametralmente opuesta. De la mano de contundentes expresiones de optimismo y de confianza en aquello que teníamos para brindarle a la sociedad, se popularizó como bandera, un latiguillo tan encantador como poderoso: “¡Si, se puede!”


Las plazas se enfervorizaron (y con justa razón), al calor de un movimiento que,

más que un cambio de autoridades, impulsó y significó, una revolución en la forma de comprender la gestión de gobierno en la Argentina. Allí entonces, la exclamación por la positiva hilvanó la participación de todos los actores necesarios para configurar un triunfo (en toda dimensión de la palabra) implacable.


Los resultados entonces, hablan por sí solos. Mientras en aquella expresión

angustiosa de “no volver al pasado”, nos desviamos de nuestro eje (el de construir hacia el futuro), en el tan recordado “¡Si, se puede!” vimos el florecimiento de nuestra capacidad, nuestra voluntad y nuestra unidad, pudiendo dar aquel tan añorado comienzo a un camino de cambio.


¿QUÉ MENSAJE DEJAMOS?


Las líneas anteriores buscan ser un esbozo de nuestra percepción sobre los filtros con los que, como sociedad, observamos, percibimos y ejercemos la política en Argentina.


En esa dirección, comprendemos que preservar el espíritu de nuestra participación, permite potenciar los efectos de nuestra acción, destrabando discusiones aparentemente irreconciliables, y avanzando hacia los destinos a los que aspiramos como sociedad.


Hacerlo es, entonces, un acto de sana rebeldía, donde la valoración del precedente se transforma en nuestra principal herramienta de reconocimiento del panorama en que nos situamos, sin por ello, anclarnos a la indignación o la resignación.


Surge entonces el interrogante que nos desvela: ¿es acaso posible emprender, a

partir de las reflexiones vertidas en estas líneas, las transformaciones que el

ejercicio de la política requiere en nuestro país?


Ante esto, solo tenemos la certeza de que es posible. Es el deber, y asimismo la

esperanza que sustentan las nuevas generaciones, la construcción de una nueva cultura del poder.


Es imperioso tener a consideración, que cuando quienes condujeron los destinos de nuestro país se abocaron a contribuir activamente a dicha revolución cultural, lo hicieron motorizados por la vocación de la búsqueda permanente de soluciones, sin refugiarse en el precedente ni desentenderse de la indignación.



Por Gastón Emens y Nicolás Sturla.

 
 
 

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